por Cintia Yvette Villagómez Gutiérrez
La mayoría de los jóvenes no sabemos esperar. Se descubre caminando por la calle, con el golpeteo de los pasos y chiflidos que se turnan para devolvernos la respiración. El mundo es un ente vivo; sin embargo, entre su grandeza no podemos evitar sentirnos pequeños.
¿Por qué un mundo abierto se siente tan ajeno a nosotros? Con el tránsito cercano, las veredas que se sienten invisibles cuando se cruzan con la cabeza baja. Estamos avergonzados de seguir.
Una idea que lidera la moral: en libertad. ¿Un sentimiento? Kant lo consideraría. ¿Un acto de bondad hacia nosotros? Rousseau seguramente lo afirmaría. No obstante, más allá de lo que otros ya pensaron, es realmente una carga.
Es aburrido, y suele serlo, considerar aquellas cuestiones puestas ante nosotros desde pequeños. Como cartas en una mesa se nos enseña que el obrar puede ser una aliada con dos caras, inverosímil como puede solo eso ser.
Sin intención de parafrasear en vano, podríamos decir que la libertad juvenil peca en entenderse Beauveriana: intersubjetiva, en la que no todo es aislado sino una acción en cadena, que intercede por los que nos rodean, limitándola y asfixiándola como la flama de una vela. En esta idea, la autonomía no es más que un vano reflejo condenado al albedrío.
Pero, si es entonces sobra de nosotros, ¿por qué en estos años se siente como si pudiéramos hacerle de todo menos poseerla?
En el caso de Latinoamérica, gracias a un estudio realizado por Gallup y Meta sabemos que tenemos una de las mayores tasas de soledad en el mundo, esto debido a factores tanto sociales como económicos: falta de núcleo familiar, sentimientos de inseguridad, bajos salarios, pocas oportunidades estudiantiles, mal vista al futuro, entre otros. Lo curioso, es que estas cifras también coinciden con sistemas de represión social y libertad, como son el caso de Venezuela, Chile y Perú.
En el caso de México, presentamos algunos de los síntomas principales, como es evidente. Normalmente, lo pasaríamos por alto, pero sucede que hay situaciones imposibles de discriminar en el ejercicio de un análisis de nuestra encrucijada entre libertad y libertinaje.
Levantamientos por la democracia, por conflictos armados en universidades como la UNAM, por un lado; y por otro, masas que so conocen realmente la raíz de su ensordecedora voz y que por lo mismo se limitan a hacer ruido solo por hacerlo. Hay una falta crítica en México, un sistema educativo y social que se debe lamentar por no haber logrado, casi en ningún sentido, volver a su población objetiva, adversa ante la ignorancia que supone el seguimiento ciego.
Le han fallado a nuestros compañeros, y nos seguimos fallando a nosotros por tener prisa, por creer controlar todo lo que nos rodea y alzar los vítores al viento, sin darnos cuenta de que nuestro juicio se queda nublado, hasta que nos quedamos solos.
Nuestras generaciones permanecen corruptas, sintiéndose perdida e irremediablemente aisladas del mundo libre que los rodea. La libertad es un sentimiento, ¿pero ¿qué tanto puede uno sentir bajo tanto miedo de una lucha que no comprende?
